sábado, 17 de diciembre de 2016

ya termina diciembre

Escucho música en español que puedo cantar. Me duele el útero que se desprende de sangre y alimento como si estuvieran pinchándome el hueso sacro, el final de mi columbra vertebral. Respiro y me calmo pero en cuanto me estiro hacia adelante la cintura hierve.

El día es perfecto. Hay sol, no hace calor, falta una semana para Navidad. No sé qué voy a hacer el 24 ni el 31, ni cómo arrancará el año que viene. Tengo que tomar decisiones e impulsar proyectos. Siento dolor en el alma también por momentos, pero estoy acostumbrada. Ya no me asusta, aunque no deja de sorprenderme.

Busco refugio en el bosque desde hace un tiempo, el oxígeno verde y fresco me calma. Los árboles me enamoran. Los abrazo con pasión. Es un bosque de más de cien años, me pierdo en su silencio. No importa mucho más, mientras existan los bosques, las selvas y el mar. No importa demasiado nada más. Aunque me desviva por aprender a amar y desear en armonía con el resto de la humanidad, para que mis sueños se cumplan, caigo en la cuenta de que muchas veces sólo se trata de haber aprendido a manipular la percepción. El tema es que el bosque siga creciendo y el agua del mar alimentándolo de aire salado.

Camino por un túnel de hojas verdes al amanecer. El rocío me limpia los pies, algún perro desvelado me ladra. Estoy sola. Extasiada.

Esas respiraciones viven en mi largo rato. Las amo eternamente. 

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