martes, 13 de noviembre de 2012

Perdida en la intuición

Lost in translation. Me encanta esa expresión, es de esas frases de difícil traducción, o que al traducirse pierde fuerza. Perdida en la traducción, seguro que estoy mareada, claro que cuando intento comunicarme con los camboyanos no podemos hablar libremente de nada más que lo básico para comprar alguna fruta, tomarme un mototaxi, un hola, un gracias, un adiós. Además, mi vida es algo como un 90 por ciento en inglés desde hace varios meses -incluyendo la lectura- con recreos de skype para un poco de argentinidad y algún encuentro hispanoparlante que se diluye en reuniones masivas donde el inglés vuelve a reinar.
En el medio de tantas palabras e intentos de hacerme entender y de entender a los demás se genera un vacío, y como todo espacio, da lugar a otro tipo de comunicación, a las miradas y al cuerpo que intentan expresar más para completar el gap.


Otro asunto es el viajar sola. No hay discusiones de dónde ir, la responsabilidad íntima de andar sin segunda opinión por momentos se traduce en diálogos internos largos y sin destino. Menos mal que existe la intuición que los rompe en un segundo de silencio. Menos mal que a veces me dejo llevar.
La intuición destruye las páginas de la Lonely Planet en un abrir y cerrar de ojos. Si algo no vibra por dentro, puedo leer páginas y páginas sin pensar en ir para ningún lado. Pero de pronto escucho un nombre y algo resuena. Y, en un altísimo porcentaje, caigo en ese lugar que parece ser el único al que podría haber ido.



Pero bueno, uno no conecta fácil con cualquier lugar, tendrá que ver con una memoria de la que no somos conscientes, con una energía que nos permeabiliza, aunque siempre haya alguna que nos cierre.
Tengo una nueva meditación favorita. Cada vez que me meto en el agua, y he tenido el beneficio de haber nadado en un par de lagos y ríos camboyanos, hago la plancha, esa frase que tal vez no tenga traducción en otros idiomas y que en el nuestro no es de lo más positiva. Pero la sensación del agua sosteniendo todo el cuerpo sin esfuerzo, de que si hay corriente uno se mueve con ella, de que si hay una ola hay ascenso y descenso, relajar la cabeza y que no haya agua que se meta por la nariz, me hace pensar en los días que pasan. En este viaje que ya no se siente como viaje en sí sino como la vida misma. La gente que me cruzo, los amigos que se transformaron en familia.

Entonces hago la plancha, y la intuición me mantiene a flote.





miércoles, 31 de octubre de 2012

Nada muy riguroso

Hace días que intento escribir un post sobre Camboya, pero la intención de que sea monotemático -no por aburrido, sino por dirigido hacia un sólo tema-, me supera. Me es imposible. Entonces acá va, asociación libre.



Camboya es de lo que se siente por el Sudeste, uno de los países con más folklore moderno. La dura historia reciente de un gobierno que asesinó a casi un cuarto de la población, la guerra civil, las ocupaciones extranjeras, de alguna manera lo convierten en un pueblo más despierto. Tienen esa chispita de saber lo que no quieren volver a ser y la alegría de haber cambiado. Bueno, esa es la sensación que da su gente, no su gobierno, pero ese es otro tema.

Al mismo tiempo, la riqueza de su variedad étnica, también hace que los rasgos camboyanos no sean tan definibles como las de otros países. Y, digo con alegría, los camboyanos tienen mucha sangre india. Las pieles morenas y los ojos negros viven por estas latitudes desde hace miles de años. Fueron hindúes, aunque hoy sean budistas, y a unos 10 kilómetros de Siem Reap, la ciudad más visitada del país, los templos de Angkor recuerdan la importancia que tuvo este país, que alguna vez dominó a sus limítrofes, que luego la historia hizo que lo invadieran.

Curioso el tema de los límites, los orígenes comunes y luego, las separaciones. Todos queremos ser distintos, de alguna manera, diferenciarnos. Pero si somos todos iguales, por ser parte de lo mismo, por permitir que los otros existan. Eso nos une y nos define como únicos y parte. Filosofía barata, dije que iba a tratarse de asociación libre.



Camboya ya me ha regalado grandes amigos, momentos en escuelas rurales que serán difíciles de olvidar, diálogos accidentados con monjes y locales que intentan hacer una diferencia para el futuro del país, caminatas quemadas por el sol por los templos más bonitos que haya visto y la más espectacular invasión de la selva sobre rocas puestas por el hombre. Camboya me regaló discusiones en las que tuve que argumentarme, donde hizo falta llamar a las cosas por su nombre y me ayudó a encontrar esa unión con el otro, ese ser uno mismo que no es más que ser lo que único que se puede.

Y sólo va una semana. Después de dormir debajo de un techo en un guest house -donde vivían más de 3 familias camboyanas y un par de decenas de turistas-, dentro de un mosquitero (los zancudos pueden ser canívales), practicamente al aire libre y, por lo tanto, sin mucha intimidad, la genialidad de Couchsurfing me tiene en un departamento genial en Phnom Penh, la capital. Tengo cuarto privado, living, cocina...y ventilador! Un verdadero lujo a esta altura de la travesía.



Y ahora dejo esta hoja para irme al museo del genocidio, Toul Sleng, y también visitaré los Killing Fields. Intentaré recorrer el pasado reciente de este país que según la ¨comunidad internacional¨ es de los más pobres del mundo con un PBI per cápita de US$ 380 en un país de 13,7 millones de habitantes. Sinceramente, no creo que el PBI mida realmente la pobreza, medirá la cantidad de plata dando vueltas; no hay dudas de que en Cambodia se puede vivir con menos dinero que en otros lados.




jueves, 18 de octubre de 2012

Viajera en camino

Desde que empecé a planear y pensar este viaje, me mantuve en contacto con personas que se definen o entrarían en la categoría de travelers. Con guía en mano, recorren, ven, miran y vuelven a casa con la mochila llena de nuevos lugares, de destinos, de conciencia de la inmensidad del mundo.
Quise ser una,  quise ver muchas cosas, quise pertenecer al grupo de personas que saltan de su cuna de vez en cuando, por mucho tiempo, a veces por pocos días, pero siempre con la confianza de que saben moverse, de que pueden sobrevivir en cualquier lugar, de que viajar es un arte popular, aunque guarde sus secretos.
Cuando llegué a India y a las 2 semanas encontré un lugar donde me quise quedar, y ese pueblo se transformó en mi hogar por 4 meses, por momentos me sentí frustrada, sentí estar renunciando a ser un viajera. No estaba viendo mucho, de alguna manera, me quedé quieta.
En esa quietud, sin embargo, pude practicar algo de disciplina en silencio. Aprendí una técnica milenaria para conectar con el todo, con cada uno de los lugares adonde un traveler llega, a conocer las distintas caras de algo que parece ser inmenso, pero que vive dentro de mí.
Hoy sonrío al pensar que viví el monzón en uno de los lugares donde más llueve de toda India, que miré por la ventana cómo la lluvia, las montañas y el bosque me protegían, me guardaban, me ayudaban a seguir viajando hacia adentro. Las tormentas que hacían las calles ríos y cascadas, las sanguijuelas que amenazaban mis tobillos, las plantas que brillaban de verdes, los amigos, que nos reuníamos bajo techo. El corazón se hincha y mi mente se calma. Seguro que ese fue un viaje.
Con el tiempo las lluvias menguaron y mis piernas estaban listas para caminar. Calculé que en el mes que me quedaba de tiempo podría ver alrededor de 6 o 7 lugares, quedándome en cada uno unos 4 días. Bueno, resulta que se transformaron en 3 destinos. Rishikesh, Delhi y Varanasi. Una semana en Rishikesh, otra en Delhi y más de 10 días en Varanasi. De nuevo, los tiempos no eran los de una viajera oficial. Los tiempos se transformaron en mi ritmo. En cada uno de estos 3 lugares me hubiese quedado varios días más, semanas o meses, pero cada uno fue una etapa nueva del recorrido. India es generosa como una madre primeriza, no descansa, no deja de estimular. En India aprendí a caminar.
Con muy pocas ganas pero por esas cosas en donde no hay con qué darle a las burocracias internacionales, tuve que irme del país. Mi visa vencía. Como el viaje se alargó y esto no estaba en mis planes, pensé en lo bien que me podría llegar a hacer el mar y el sol después de tanta nube, y decidí que Tailandia sería la siguiente estación. Llegué y lloré. ¿Dónde está mi chai? Me faltan los estímulos indios, me faltan las situaciones inimaginables en cada esquina, me faltan las miradas de ojos negros.
Pero como la vida no da puntada sin hilo, y porque tal vez el destino sea una fatalidad, después de dar un par de vueltas por Tailandia sin encontrar un lugar donde me sintiera cómoda, en el lugar menos pensado, en Pattaya, la ciudad del pecado ruso y la liberalidad tailandesa, encontré un pequeño hogar, un gueto de amigos rusos que viven entre la bohemia y el consumo, pero que me abrieron la puerta con un inglés limitado y un corazón enorme. Y me recuerdan mi origen eslavo y me enseñan palabras en ruso, y me explican el significado de mi apellido. Encontré mi ritmo, la cadencia de mi mochila, la búsqueda de mi ser que mi cuerpo intenta acompañar. La felicidad de ser una viajera y de estar encontrando el estilo propio. Pertenezco, sí, a mí son, pertenezco.




jueves, 27 de septiembre de 2012

Mi almuerzo o el reino de las vacas




Rishikesh no es un buen lugar para hacer picnics. Caminando hacia el ashram de Sivananda, paré en uno de los carros fruteros –una de mis imágenes favoritas de India es la venta de frutas y verduras callejera-, elegí dos manzanas rojas brillantes y bastante grandes. Son bastante caras, como 8 pesos argentinos el kilo, pero suelen valer la pena. Caminando por la avenida que bordea al Ganges y que va desde Rishikesh, hacia el Laksman Jhula y sigue siempre al lado del río hasta no sé dónde, pero muchos kilómetros, decidí comerme una de las manzanas. Por momentos siento olas de felicidad y esa mañana vino una grande. Pensando en qué generosa que es la vida, que país multidimensional es India, en qué calor que hace pero no importa. En eso un mono se me acercó y me miró de frente. No dudé un instante en darle más de la mitad de la fruta prohibida, digo, mordida.

Más tarde, crucé el puente desde Sivananda hacia el lado izquierdo del río, donde están los ashrams más populares y antiguos. Paré en otro carro y compré dos mangos bien dulces y aromáticos. Los mangos son una de las maravillas indias que hay días que me atrevo a compararlos con la perfección del Taj Mahal. Tengo siempre un cuchillo en la mochila para comidas express -o porque siempre ayuda, los indios son 1100 millones; en todo el país calculo que habrá 100 mil cuchillos-.El tema es que  con el mango en la mochila y la bolsa con almendras y pasas de uva que compré por poca plata en un local con bastante polvo, me fui a caminar cerca del Ganges. En un ghat (esas escaleras que bajan desde algún templo al río, muelles sagrados), me senté en un escalón a mirar cómo una familia se bañaba, a chusmear escenas de la cotidianeidad hindú.



Una almendra, dos almendras, 3 pasas de uva y ver que una vaca marroncita y bien bonita viene caminando impune hacia mí. Mirándome a los ojos.¨Vaquita sagrada, tomá, te doy un poco de mi comida. Sos una reina¨, pensé mientras le tiré una porción un tanto amarreta. Rápido se mandó una fruta atrás de la otra con cara de ¨vos no entendés el sistema social indio¨, avanzó hacia mí inquisitoria mirando la bolsa en mi mano.Claro que mi devoción y respeto por la mitología hindú se terminó cuando la sensación era que este animal me estaba pidiendo demasiado. Me levanté y caminó atrás mío. Una mujer con saree (vestimenta típica hindú) y sin inglés que vendía ofrendas para la diosa Ganga fue la intermediaria. Palo en mano le explicó a la vaca que tenía que irse conforme con lo que había recibido.Thanyevard (gracias en hindi) a la mujer y a la India por las geniales experiencias. Que no terminan.



Volviendo al asunto del cuchillo, después de que la vaca que no era de Humahuaca me movió de mi almuerzo, seguí caminando. Me tapé con un chal made in India que me regaló mi hermana en Buenos Aires y me mezclé entre la gente. Y empiezan las sensaciones, los colores de los sarees, la sonrisa de los sadhus.Seguí caminando hasta una playa sobre el río donde habíamos estado haciendo yoga, jugando y sacando fotos con Werner y Thomas –mis amigos de Vipassana- e Ivetta, una checa de gran cuerpo y corazón que se nos sumó a último momento. Ese día también me engañó mi ansiedad y cuando quise poner un pie en el agua terminé metida hasta la cintura. Frescura sagrada para mis piernas.Volví a ese lugar, entonces. Las vacas más remolonas se juntan ahí, en la arena a hacer lo que hacen en esta encarnación. Miran relajadas alrededor porque saben que esta vida que les toca hoy no es para andar preocupadas.Me alejé lo suficiente de ellas. Porque ellas saben. Con la mochila bien cerrada para que el olor a mango impregne las hojas de mi cuaderno y no las narices de las lecheras, encontré una roca que me gustó. Primero, patitas al agua y namasté al río. Después, almendras, pasas y mango. Saqué el cuchillo y corté un lado del mango. Dulce, dulce y jugoso. La clave para comer mango sin plato es hacerle unos cortes a lo largo y otros transversales una vez abierto, así se puede disfrutar a mordiscos sin necesidad de meter la nariz adentro ni de tocarlo con manos de higiene dudoso. Simplemente lo das vuelta como a una sopapa. Y lo mejor, cuando queda disfrutar de la pulpa que queda prendida del carozo terminando con las manos llenas de jugo y felicidad.Después de enjuagarme las manos en el río y de paso dejar al agua que bendiga la pulsera que Werner me regaló y el único anillo que me traje de viaje (el mango de un tenedor hecho círculo que me compré en el mercado de San Telmo), me senté a comer mi snack de frutas secas. El río corre rápido e hipnotiza. De pronto miré hacia mi izquierda y detrás de un grupo de jóvenes indios reunidos en una roca más grande y alta que la mía, venía ella. Esta vez, blanca pero igual de intensa. Directo a mí, digo, a mi almuerzo. Con cara de dejar una ofrenda en un templo le tiré, con respeto –tendría que haber escrito arrojé- las cáscaras del mango que ya había pasado a mejor estado (para mí). El carozo no se lo di, me pareció que podría atragantarse. Ella lo masticó como a un sugus azul. Me intimidó su tranquilidad. Me inquietó. Me paré.Me pareció que ya podía arrancar de nuevo, no fue por la vaca, en serio, ya había estado suficiente tiempo mirando el agua correr. En  serio. Elegí salir por la entrada donde unos sadhus dormían la siesta. Al final de las escaleras un joven rengo de camisa azul y verde me sacaba una foto con el celular. Seguramente ahora tiene la foto de una vaca blanca persiguiendo a una petisa de pelo corto.Esa noche cené puertas adentro.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las dos tazas de Delhi


Creo que no me di cuenta de que se trata India hasta que llegue a Delhi. Como en Buenos Aires se respira aire centralizado, Delhi atesora –esa es la sensación- el contraste de ricos y pobres, de príncipes y mendigos. Bueno, ya se, también es una ciudad ecuménica por excelencia y, a pesar de lo superpoblada, es muy pacífica. Pero los pobres están che, y los ricos también.

India Gate - Domingo por la tarde

Recién llegada y sin dudar destino, tomé el metro –digno de capital rica- hacia Chadni Chowk, el centro neurálgico de los bazares indios. Para un lado el mercado de ropa, para el otro el de flores y por acá el de especias y frutas secas. Todo fue caminar y caminar, y agrego, caminar y caminar entre hombres sudados y mirones, pero sonrientes y casi respetuosos, entre motorikshaws y bike rickshaws (taxis bicicleta), entre bolsas de mercadería, carros y vacas. También basura, también mujeres desgranando choclos en la vereda y entre otros que, cansados de cargar peso en la cabeza, se echan como pueden a dormir a la sombra.

Así, exactamente como muestran las películas y los programas de televisión de viajeros con sponsors. Eso es en el medio de Old Delhi, así que si el caos permite mirar hacia arriba –aunque hacerlo signifique indefectiblemente chocarse con algo o alguien- edificios antiguos improvisan nuevos pisos entre paredes que delatan los siglos y cables que confiesan lo inesperado del supuesto desarrollo. Se hace lo que se puede entre la multitud. Cada uno hace lo que puede y todos sonríen. Bueno, casi todos.


Y yo hice lo que pude. Y pude caminar por perdí la cuenta cuánto tiempo. Las fotos no reflejan en lo más mínimo lo que me divertí mientras los muchachos posaban para mi cámara. Tanto estímulo me desbordó y quise capturar todo y todo no es posible. Después de alrededor de dos horas sin descansar un minuto, paré en un puesto a comprar castañas de cajú y vi un banco de plástico vacío. ¿Me puedo sentar por un momento? Claro. Y veo que los que atienden toman chai de unos vasos de plástico de 7 centímetros de alto como mucho que parecen de manteca. Entonces me atreví a preguntar en donde podría conseguir uno para mí. ¿Chai? A los segundos tenia uno de esos vasos gnomos en mi mano.


Tome unas castañas y el chai hirviendo calmó mi cansancio. Nos miramos con los muchachos, pero no nos entendimos. No importa. Cuando me fui quise pagar el té y se rieron. Hasta luego, gracias, sonrisas, fotos.

Unos días más tarde, después de recorrer el Khan Market –un algo como Palermo Soho delhiano- seguí el recorrido top y me metí en el hotel Imperial a probar el famoso High Tea. Hacía mucho que no andaba por pasillos con tanta gente elegante y otra gente que no es elegante pero que es muy rica. Reuniones de negocios por allí, familias de vacaciones por allá, y marchen un Indian Assam Premium por aquí. Thank you so much.



Indian Assam (no milk, thank you) y sándwiches vegetarianos (llegaron a mi mesa jamones y salmones pero mi vuelta al lujo no incluye la ingesta de carne animal. Garcón, por favor, llévese ese plato), Indian Assam y scone con manteca y mermelada de naranja, Indian Assam y tarteleta de uvas, y eclaire de chocolate…Indian Assam…Bombón de chocolate blanco y limón, ¿y ahora qué? Té verde con jazmín. Té verde con jazmín y lectura, té verde con jazmín y me escribí este artículo pensando en que a Mary Kramer podría interesarle compartirlo.
Uno y el otro día un té y su contexto. Alrededor mío se hacían negocios por millones. En uno, por la masividad del mercado; en el otro por la dimensión de los negocios de unos pocos. Al primero me lo regalaron y me prestaron un banquito de plástico, en el otro me trataron como a una reina por 90 pesos argentinos con sillón y mesa máximo confort y mozos de sonrisa servicial. Nada mal, ni el uno, ni el otro.
Confieso: me quedo con las frutas secas, un chai azucarado y mis piernas cansadas. Es que no lo puedo evitar, soy como Crónica, firme junto al pueblo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

4 meses a lo yogi, 10 dias a lo buda

Desde que llegue a Dharamsala repito a la gente que me cruzo que India es un lugar para venir a renacer. No creo haber descubierto la polvora por decir esto, claro. ¿Cuántos vinieron antes que yo? ¿Cuántos miles de anios de sabiduria forman la identidad de este pais?

El problema es que India esconde su saber detras de la suciedad de sus calles, rutas, rios, en el ruido de las ciudades, en la mirada libidinosa de los hombres, en el picante de su comida. Pero son pruebas. Para saborear el verdadero mensaje de este pais -que confieso, apenas conozco- no hay que dejarse espantar por las impresiones superficiales. Deberian advertirlo en los aeropuertos internacionales: sea paciente, India se muestra de a poco.

Y asi llegue yo, entusiasta e inconsciente y me choque con sensaciones demasiado intensas, un calor que cala huesos, músculos y cerebros. Busqué hacia donde el instinto me llevó y encontré el lugar para mi. En Dharamsala encontre un utero capaz de cobijarme por un tiempo, un lugar con mi nombre, un pueblo con una familia esperándome y una técnica que me permitiría seguir viajando, esta vez, hacia adentro de mi ser. Creí que en India aprendería algo para llevar de vuelta a la Argentina, que yo estaba fantástica y solo necesitaba aprender algo para compartir con los demás. Ingenua, apenas unos días despues de llegar a este mundo paralelo sentí que necesitaba sanar. Dharamsala era el principio de un camino nuevo.

Hace casi cuatro meses que practico yoga todos los dias, muchas horas, desde muy temprano. Es de noche y con Pedro y Dani, mis companieros de esta aventura, arranco a intentar descubrir espacios dentro mio, de eso se trata. Creo que entendí que la creatividad no es inventar, es permitir que las cosas sucedan. Para eso se necesita espacio, condición para que todo exista. Y con esta práctica de yoga encontré espacios dentro mio que los tenia censurados, cerrados, reprimidos por musculos que se contraen para defenderme de la posibilidad de sufrir y lo unico que generan es una plazo fijo de dolor.

Y venía el monzon y me dije, como buena Luna en Piscis, perfecto, el agua, las nubes, la lluvia me metera mas para adentro, hara la limpieza má radical. Quéintensa que soy a veces. Odié la lluvia tantas veces ya, me cansé de ver caer gotas de todos los tamaños, de que la humedad se meta entre las hojas de mi diario, en los hilos de mi ropa, en mis pulmones. Y como mi intensidad no se rinde tan fácil pensá: tiempo ideal para la meditacion, el sonido de la lluvia es tan relajante. Me anote en un curso de Vipassana para principios de agosto. 10 dias de silencio, 10 horas de meditación diaria, aprender la técnica de meditación con la que Siddharta Gautama alcanzó la iluminación y pasó a la eternidad como el Buda. ¿Qué son 10 dias en la vida?

Bueno, puedo decir que pueden ser mucho. Todavia estoy bajo los efectos de la salida y no quiero decir cualquier cosa solo por afirmar espiritualidades innecesarias. Voy a escribir, simplemente, que después de estos 10 dias me vi distinta. Extraño la cámara de fotos y las páginas en blanco. Extraño la adrenalina de las estaciones de tren y de contarle al mundo que todavía hay encantadores de serpientes tocando la flauta por las calles de algun rincón del mundo. Las rotativas vuelven a abrirse, diarios, revistas, medios del mundo, estoy de vuelta. Amigos, tambien. Familia, estoy por salir de un segundo utero que me regalo 4 meses llenos de aprendizajes. Ahora quiero ver que hay afuera. Cantando bajo la lluvia disfrutare de los 6 dias que me quedan por aca, y silbando bajito me ire a ir siendo.

lunes, 11 de junio de 2012

Para todo lo demas, existe...

Vivo en un lugar al que las personas llegan con busquedas y encuentran, no respuestas -eso depende de cada uno-, pero si puertas abiertas. La intuicion es para todos la unica brujula.

Vine a India entre el calor infernal y el comienzo del monzon. Dificil momento para recorrer un pais que arde a 45 grados promedio. Lo hice sabiendo por dentro que me habia colgado en el tiempo, que para recorrer se me habia pasado el cuarto de hora. Pero si miraba para adentro en mi, si era sincera conmigo misma, sabia que venia por algo mas. Despues de pasear por Mumbai y de visitar palacios en Rajastan, un dia resono en mi cabeza McLeod Ganj, donde vive el Dalai Lama. Me imagine templos  monumentales en montanas nevadas, frio y una especie de solemnidad espiritual que, claro, aca no encontre. Por suerte.

Llegue a una region de montanas repletas de pinos de verdes bien verdes, de gente accesible, de soles radiantes que calientan la tierra y que -gracias- algunos rios riegan. Me choque con gente de todas las edades y lugares del mundo que, como yo, no saben responder ni donde viven ni cual es su profesion. Siemplemente estan en movimiento, en busqueda. Por que el tema es hoy, y hoy esta adentro nuestro.

Y como era mi intencion busque unas clases de yoga. Por aca no, por alla puede ser. Cai, porque calculo que me debo haber dejado llevar, en el Centro de Yoga que necesitaba, una practica que lleva bien hacia adentro (Iyengar), mas cerca de la meditacion que de la actividad fisica, seguro. No se piensen en eso que muchos dicen, que el yoga puede ser aburrido, que es estiramiento, que el cuerpo no trabaja, que prefieren hacer deporte. Una cosa no tiene que ver con la otra. Eso es palabrerio barato. Aca las asanas (posturas) se sostienen durante 15, 20, 25, 30...muchos minutos, y se respiran, y cada rincon de nuestro cuerpo encuentra un sentido para ser, para ser con los demas, para ser un todo, nosotros mismos, yo como cuerpo, mente y alma.

Hace 5 semanas que estoy aca practicando y mi pecho se empieza a llenar de espacio, los pulmones dejan entrar mas aire, mas vida recorre mis venas. Sonrio naturalmente, porque vivo en la naturaleza y porque ella me enseña. De afuera para adentro, y de adentro para afuera. Como un nacimiento, una respiración, un dia, una vida. Cada oportunidad.

La cuestion es que el dinero tambien se va y mis ganas de meterme mas en esta practica me abrio una puerta. Un dia lei un flyer en el vestuario: se ofrece trabajo voluntario de oficina a cambio de curso de yoga.
Lo lei al otro dia por segunda vez y al tercero me anime a preguntar en que consistia. Me constestaron al dia siguiente que ya estaba tomado. Pero tambien estaba tomada mi decision de quedarme hasta el final de mi visa (septiembre), asi que insisti con Sharat, el guru-maestro-fundador de la escuela.
Me pregunto que se hacer. Soy periodista, saco fotos, pero no tengo problema en limpiar los baños si hace falta.

A los dos dias estaba sacando fotos del nuevo centro de retiro que se esta construyendo en las afueras de Dharamsala, a una hora de viaje desde aqui. Ahora me ocupo de hacer comunicacion (Twitter, Facebook), contenido para la pagina y saco fotos, muchas fotos. Tengo trabajo y me pagan con clases que me enseñan a vivir mejor, a ser más feliz.

Me pagan muy bien.