lunes, 25 de abril de 2016

Arte de vivir


Ayer fui a escuchar a dos señores llenos de amor. Muy capos. Estudiaron, experimentaron en sus vidas y cuerpos, escribieron libros, meditaron y rezaron hasta el cansancio. Abrazaron y también se retiraron. Los monjes benedictinos Anselm Grün y David Stendal Rast nos compartieron un par de tips repetidos hasta el cansancio por todas las tradiciones que buscan el Amor.


-Ser Agradecidos.


-Habitar el cuerpo y sus pausas. Dejar de ser autómatas que renuncian a la libertad de sentir la vida que nos atraviesa en cada presente, en cada momento.


-Ofrecer lo que nos duele, lo que no entendemos. Dejar que Dios, el Universo, la vida que no podemos controlar más que aceptar, transforme nuestras emociones densas, odios, rencores, envidias, celos, ira, ambición desmedida, resentimiento, miedo. El ejercicio es literal: enumerar, visualizar, conectar con la emoción, esa sensación inquietante, y ofrecerla. Soltarla para que se desprenda de la columna vertebral, de lo que parece que más nos define. Ciegamente confiar en la mutación constante de la materia, de los pensamientos y las emociones.


Nos recordaron que la física cuántica ya comprobó que nuestros pensamientos producen cambios en la materia, crean realidad. Es preciso transformar nuestras intenciones mentales por las más amorosas que podamos, purificar nuestro flujo mental. Y si estamos con pensamientos negativos sobre nosotros, sobre los demás, sobre la vida, desagradecidos y desesperanzados, es natural que lo que nos toque experimentar en la materia, en nuestra vida orgánica, sea difícil y hasta desagradable.

( Basta con mirar la sociedad en la que vivimos hoy, ¿no? ¿Qué pensamiento positivo colectivo podría hacer la masa crítica necesaria para que vivamos en un espacio compartido más amable? )

Agradecer y soltar. Confiar. Volver a la fe. No hay forma de que la vida no nos de lo que hace falta, decía Grün, pero para verlo tenemos que abrir los ojos. No los de la mente intelectual atada a la cultura y a la palabra fija en sus significados. Abrir los ojos los del corazón, abrir el ojo, el pasaje hacia lo eterno, el de la potencialidad infinita. La poesía del alma.

Abrazar a los que sufren es también cambiar nuestros pensamientos combativos y sectarios. Soltar la razón como superioridad. Como hablamos con unos amigos, “ser la grieta o en ella”, vivir en la observación de la dualidad y no polarizarnos tomando partido por lo que es doble. Darnos la posibilidad de amar en esencia, de no enemistar, de no juzgar. Aceptar hasta lo ridículo, y darle la posibilidad de que cambie.

Porque de todos modos, existe un orden superior, somos hormigas en el Amazonas. Tenemos toda la selva y nos quedamos sin aliento por un pedacito de hormiguero.

El milagro de la existencia es el arte vivo de nuestras almas.


sábado, 5 de marzo de 2016

el amor, los amigos

Ayer me acordé de un hombre, Tich, que conocí en India. Un hombre que me costó conocer, del que me mantuve un poco lejos por un tiempo porque lo juzgué y que adoré en cuanto tuvimos nuestra primera conversación. Trabajaba en teatro, vivía en Londres, era gracioso, alegre, muy cariñoso. Un apasionado de la vida que me enseñó mucho a aceptar a las personas como son sentados en un bar que fue un poco mi guarida durante mis días más difíciles en el periplo asiático.
Me acordé de él y de cómo tocó mi corazón. Se lo comenté anoche a una amiga, conversando en un patio de Buenos Aires. Hoy me enteré que ayer murió. No sé cómo, pero que se fue.
Hace unos días, acompañando a otra amiga que está despidiendo a un ser querido y muy cercano, hablábamos de cómo darle sentido a nuestra vida y a la de los que de a poco se van al viaje más profundo, al sueño más alto.
Las dos estuvimos de acuerdo de que se trata de amar, de aceptar a las personas como son, de no juzgar, de aceptar el desafío de amar con generosidad, aunque cueste, aunque a veces den más ganas de criticar, dividir, separarnos.
Siento una esperanza muy grande de que podemos reencontrarnos en el amor, siempre. Me dan ganas también de agradecer la vida y bendiciones de personas que nos dejan el corazón permeable, que nos hacen más sensibles al arte, a la belleza, a la superación de los obstáculos, al Amor.
Que siga la obra, Tich. Fue tan lindo conocerte.

domingo, 21 de febrero de 2016

Imagine



Imaginate que de pronto encontrás en tu corazón la respuesta. Que tus enojos e iras se calman. Que te agradan personas que antes no soportabas, que tenés compasión con la gente que te lastimó, que te convertís en alguien que ve y reconoce la falta de amor como único motivo en los conflictos violentos y en los abusos de poder.

Imaginate que esa convicción te hace amarte incondicionalmente, reconociendo que sos un tesoro para la vida y el ambiente en el que vivís, tan grande como esas personas que admirás. Ese amor que sentís en el corazón te conecta con los humanos como hermanos, sensación en la que confiás como en una red irrompible. 

Imaginate que lo mejor que podés hacer por vos y por el mundo es ser ese que cada tanto reprimís, o que está un poco apagado ultimamente. Ese ser que se achica por falta de impulso. Imaginate que los demás te agradecen tus palabras, tus abrazos, tus artesanías, tus canciones, tu voz. Que los demás celebran con profunda gratitud tu voz, fuerte o silenciosa, por genuina es suficiente. 

Imaginate que decir sí o decir no te salva de una depresión o un atracón de azúcar. Imaginate que tu visión única sea lo mejor que le podés dar a quien más querés. Y a quien más te cuesta amar también. Imaginate que te alegrás profundamente por los logros ajenos. Que se disuelven celos y competencia en ese instante, te alegrás por los logros ajenos. Te convidan alegría.

Imaginate a la Tierra latiendo, al Universo moviéndose y necesitando de tu vitalidad para ser. Imaginate latiendo con la Tierra como en el vientre de tu madre, nutriéndote de la gravitación que te une a su centro. Imaginate bebiendo Sol por los poros de la piel y seguro de que un rato de eso te puede salvar un día difícil.

Imaginate que que cueste no es un problema. Que el tiempo se ralentiza. Que reconocés que tu aporte es tan pequeño como indispensable para que la humanidad se despierte al Amor, a los vínculos fraternales y colaborativos. Imaginate que necesitás ayuda y te la dan. Que necesitás estar solo y encontrás silencio. Imaginate que aprendés a interpretar las necesidades de los demás y podés ayudarlos.

Imaginate que te abrazan, que te manifiestan amor incondicional. Imaginate que amás y sentís incondicionalidad con el resto de los seres que te rodean. Imaginate que soltás finalmente las ganas de controlar el efecto de tus acciones y descansás en la fe de que lo hiciste con amor, de que te ofreciste como canal de lo que nos une y que, entonces, nunca te vas a equivocar. Ampliarás tu consciencia, echarás luz desde adentro hacia fuera. Sentirás que sos uno y que sos todo. Que sos libre.
Imaginate que la felicidad no es lo que te imaginás. Imaginate que la realidad se vuelve más sabrosa que tu imaginación.

domingo, 7 de febrero de 2016

Momentos de té

Volver al blog es volver a mí en muchos aspectos. Escribir en este cuaderno virtual es todavía, 6 años después de mi primer post -allá cuando se publicaba en perfil.com- una decisión de viajar para adentro.

Será la palabra momentos que guía la energía de este espacio.

El momento de fundirse en el amor. El momento de preparar un té para un amigo. Ese rato de saborear agua coloreada por hojas secas.

Los recuerdos de los paisajes de las plantaciones de Corrientes y Misiones. Y de las mismas plantas creciendo a los pies de los Himalayas, al este y al oeste del norte de la India.

Fue mi cumpleaños hace unos días, y fue un momento que cambió todos. La proyección de los deseos para crecer junto con el Tiempo, la sensibilidad a flor de piel por las demostraciones de afecto y por la lucha interna que todavía le cuesta bienrecibir al amor. Que por momentos prefiere pensar que quiero pero no soy querida.

Esa injusta cristalización de la mente. A esa que estamos tratando con comida casera, con buenos descansos, palabras leídas, escuchadas y compartidas y con prácticas corporales que buscan la consciencia del Ser. Ese que me atraviesa y me calma cuando quiero controlar y me repite que es imposible.

Ese que me dibuja sonrisas y risotadas en soledad, y que me abre a compartirlas cada día un poco más con quienes están cerca.

La vida es un misterio tan grande que me sorprende querer seguir viviendo. Pero es tan bella. Vivir es un arte. Estamos destinados a ser belleza.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

fin de año

qué momento difícil, las vacaciones! Lean el diario desde la playa! descansen los cuerpos y a pensar qué país, qué mundo, qué vida queremos.
Y no importa que no sepamos todo sobre la política, porque la mentira reina en los mercados, y los mercados son más poderosos que cualquier toro sudamericano con traje europeo.

Y el mercado se financia con el consumo.

Hay que reducir el consumo de productos que no necesitamos, y también de los que sí necesitamos, aunque en menores cantidades.

Es una fórmula que sirve para cualquier tipo de consumo externo al amor.

La moderación es la Templanza, no la represión

jueves, 24 de septiembre de 2015

fines de septiembre

Tengo un día de llorar por cada cosa que me conmueve. Sí, también tiene que ver probablemente con la altura del mes y la menstruación. Soy mujer y hay días en que la sensibilidad vibra más en la piel que otros.
El mundo masculino me hizo callarlos por mucho tiempo, sentir verguenza de esas lágrimas que salen, o de esa suave angustia que me ancla en la Tierra cada más o menos 28 días. No había que creerle demasiado a "esos días" porque se supone que la visión está alterada por las hormonas en sangre. Bueno, nada que ver, hoy creo que son días para valorar y apreciar, como cada momento que se vive. Decidí no esperar a que pase para animarme a postear. No estoy alterada por una droga o enardecida de odio, estoy hablando desde mi ciclo vital.

No me quiero hacer la buena, ni la mártir, pero tampoco la distraida. Hoy me duele el mundo y mi humanidad, la que habita en mi cuerpo y la que siento alrededor. Me duelen las injusticias sociales, las enfermedades, lloro porque me da miedo qué niveles de catástrofes naturales y de más sufrimiento humano podrán venir si seguimos avanzando con la "razón" y sin el corazón. Me duelen los amigos que me hicieron doler, con dificultad, sin embargo, intento agradecer los aprendizajes. Me duelen los desencuentros con la gente que quiero, con los vecinos, con toda esta loca ciudad en la que vivo

Cuándo vamos a ser capaces de ser facilitadores de la felicidad de los demás y del planeta. Hoy una amiga escribió: si querés que algo cambie, vas a tener que animarte a hacer algo que nunca hayas hecho. Quedó resonando dentro.

Hay muchas herramientas. Podemos pedir ayuda, quizás cambiar competencia y comparación por solidaridad.  Me gustaría vivir en un mundo donde busquemos la felicidad sin llevarnos puesto a los demás o a la naturaleza, porque esa no es felicidad, creo que eso es ego momentáneamente entretenido. Tal vez un día logremos ser con los demás como deseamos que sean con nosotros. 

Usar el poder que cada uno tiene para transformar el hoy, sabiendo que no tenemos ni idea de qué se puede tratar el futuro, sólo la esperanza de que sea algún lugar más cercano al amor.

Intento que el dolor no sea sufrimiento estancado en un pensamiento y en una sensación física, que sea el motor de la transformación y el grano de arena, la gota en el mar para el mundo en el que vivo. 

Haré los ejercicios de Hatha Yoga que sé que hacen bien. Voy a cocinar lo más natural que tenga al alcance. Observaré los pensamientos y pasarán como el aire en las exhalaciones. Trataré de ser agradecida por el día, los alimentos, la vida y la posibilidad de aprender y sumar para que vivamos todos en un mundo mejor.

Y agradeceré, también, la posibilidad de expresarme. Y de sentir amor.


martes, 4 de agosto de 2015

el presente

No podía con el odio que sentía. El enojo me subía por las piernas y me explotaba en la cabeza. Callada, sentada con los ojos cerrados, rodeada de más de sesenta personas haciendo lo mismo, y yo los odiaba a todos. Quise matar al maestro y a su sutil manera de lavarme la cabeza. La de todos los que estábamos ahí. Como boludos, siguiendo instrucciones que calaban hondo en el inconsciente, y todos ahí, siguiendo las órdenes. Me sentí una idiota y quise matar. Un odio me puso a dar vueltas como en una calesita en el pequeño jardín de esparcimiento que tenía en medio de los Himalayas. Había espacio para toda la humanidad, y los boludos estábamos encerrados en un espacio minúsculo. En silencio, escuchando lo más sutil de la esquizofrenia.

Caminé, caminé, caminé pisando con odio, olvidando si respiraba o no. Quería salir de ahí, quería salir de mí, quería volver atrás y dejar de buscar. Sonó el gong y me volví a sentar a meditar, como las instrucciones del maestro cuentan, como había firmado al entrar que haría. Presa, obediente, encerrada. Encerrada en el silencio que empezaba a soltar la vibración de mis voces más inconscientes. Odio, mucho odio y mucho dolor. Un dolor que calaba los huesos y que la técnica me permitía trascender, pero el esfuerzo era demasiado. Implosionar, eso quería, estallar como una bomba y que nos muramos todos, si total nos estaban cagando.

Odié, sentí un nivel de enojo que no me permitía sentir la verdad: estaba sentada en silencio con los ojos cerrados en un espacio de paz, rodeada de gente sentada con los ojos cerrados, navegando mar adentro. Mi mundo interno era un torbellino, una sensación horrenda de la que no podía irme. La técnica me proponía -o me obligaba a esta altura- a observarme en ese estado. Y lo hice. No me acuerdo ya cuántas horas de meditación duró ese rencor doloroso y cabrón, pero sí me acuerdo cómo se fue. Lo vi. Se lo llevaron de los brazos dos guardianes. Lo vi irse, sentí cómo mi corazón se calmó y sin que lo decidiera entré en gracia, en fe. Vi como mi enojo era una fiera negra que dos guardianes se la llevaban afuera.

Todo este tiempo pensé que esa porción de enojo de mi inconsciente se había ido para siempre en esa meditación, que había borrado de mí el enojo, que ya no podía odiar. Me la creí, mi ego se identificó con la yoguini en los Himalayas y listo, ahora se trataba de otros desafíos.

Otra vez me equivoqué y esta vez el encierro no me lo proponía nadie más que mi mente, que no me dejaba conectar con esa sensación tan fea que es sentirse dolido, enojado, lastimado por algo o alguien, esa convulsión casi necesaria de un instante de echar culpas, de sentir que otros son responsables del pesar que sentimos. Conectar con eso que los humanos todavía nos hacemos, nos lastimamos, a nosotros mismos y entonces a los demás también.

Volvía hace un rato de dar unas clases de yoga, de compartir mi práctica y me preguntaba, con gratitud a ese vicio sanador que adopté de navegar hacia adentro, por qué me sentía enojada y por qué estaba rechazando esa sensación. Me acordé del encierro de ese curso de meditación, de las ganas de matar al maestro que repetía que observe, que todo se transforma, "observá el dolor hasta que se disuelva" y me permití liberar las palabras, insultos y broncas que vengo reprimiendo hace unos días por miedo a generar más dolor. Me acordé de los guardias de mi alma llevándose a la bestia peluda del torbellino de mi mente. Recordé que vinieron cuando dejé de resistirme a sentir, a sentir físicamente dolor, a sentir mentalmente pensamientos que me generaban pena en el alma, impotencia emocional, angustia.

Decidí escribir este recuerdo presente, para recordarme la gracia de la impermanencia, la generosidad de la meditación, de la observación de las fluctuaciones de la mente sin reaccionar, no hacer para dejar se sentir, no hacer para que duela menos, no reaccionar a lo que mi esencia experimente. Y ver como la oruga se transforma en mariposa, ver como el odio, el dolor y el miedo, se vuelven silencio, paz y amor.