Los estados de la mente, como olas de mar, sacuden toda mi estructura cada vez que me doy cuenta.
El estómago lleno, la mente tranquila. El corazón me late a mil por hora, pero esto no es por estar enamorada. Ya me dijeron que esta vez no me enamore.
No enamorarse afuera y tener que enamorarse adentro, porque si no viene la muerte.
La vida sigue su paso y hay que aceptar que uno está bien porque caminó hasta donde llegó con fuerza, y que eso no es propiedad de nadie. Que el recorrido es propio, como la capacidad de tomar consciencia de él.
Agradecer profundamente el pedazo de realidad que me tocó, y fluir como si no fuera libre, sólo tomar decisiones. La decisión que es solo una, como el punto es el centro del mandala. Saltar de color en color, de forma en forma, de abrazo en abrazo.
Agradezco el cuerpo como fuente inagotable de placer y de vida. A veces elegir un punto dentro de uno para desde allí prenderse fuego. Incinerarse de vida, hasta ser cenizas y viento.
El pulso, el camino, el ritmo de la respiración. La despedida de un año que fueron tres, volver a ser la que no era, sentar a florecer, descubrir el nuevo paso.
Se va un año y parece una fatalidad la sensación del final, del cambio rotundo, la solemnidad de los balances y la urgencia de nuevos rumbos. Los afectos, la transformación de los vínculos, todo es posible, menos el control de lo que se acepta. Deseo, aceptación, creación. Y amor como compasión, amor como solidaridad, amor como compartir, amor en cada momento, amor como presente eterno.
Pues 2015
La ilusión transformada en esperanza y los sueños que se vuelvan vida, la fe que se vuelva acción, la felicidad y la paz como estados del corazón. Que la vida siga su curso y la conciencia navegue los espacios cubiertos, que se alumbren las sombras que nos repiten y se encienda el fuego de la creación. Convicción en la acción por la confianza en el amor, y la seguridad como consecuencia del fluir de la vida. Porque las plantas contengan a la lluvia y a la tierra en sus hojas, y las flores exploten de luz del Sol.
Volver a las palabras, y que sean menos que antes, que se vuelvan esenciales, compañía, poesía, belleza, estética del amor entre los que nos amamos y entre los que no nos conocemos. Que los pensamientos se filtren hacia el silencio, y el alma viva renazca en el pantano.
Que las lluvias callen al fuego del verano y la brisa fresca sea mar en la ciudad. Que el trabajo se confunda con la necesidad de crear, y que crear sea felicidad compartida. Que la libertad reine, habilitación para ser, sentir y hacer desde el ser. El ser que no es propiedad de nadie más que de la impermanencia, esa intransferible experiencia de la humanidad canalizada por nuestros sentidos.
Que meditar sea corriente, que el silencio se contagie y la música sea la catarsis del blanco sobre negro. Que las intenciones se limpien de la ambición y que la tristeza se devele, para ya no elegirla. Que la mente entienda de su naturaleza, que el cuerpo descubra su naturaleza, que la naturaleza nos integre a su cuerpo, y que seamos todos uno.
Que 2015 sea un nuevo ciclo de aprendizaje y transformación, de alegría y juego, que aprendamos de magia y de colores, y soltemos los objetivos para finalmente sentirnos en un lugar, presentes en el presente.
Me acuerdo que llamé a mi mamá para hablar antes de año nuevo y que me atendió llorando. Yo tenía 20 años y estaba viviendo en Austria desde hacía ya 10 meses. Estaba desesperada y yo no entendía nada. Que se incendió un boliche, Mariana, un horror, me decía y lloraba. Sin poder explicarme bien me pasó con mi hermana y ella me pudo contar. Se había incendiado República de Cromañón mientras tocaba Callejeros y todavía no se sabía que eran 194 las almas, pero ya se contaban muchos muertos, muchos heridos, mucho dolor.
Yo estaba tan lejos. Ese año también había sucedido el tsunami en Tailandia, la bomba en la estación Atocha del metro de Madrid. Era como si me hubiese ido al aislamiento y las malas noticias. Me acuerdo que me contaban que el año nuevo de Argentina había sido el más triste de la historia y yo lloraba en el castillo de un pueblo medieval europeo porque quería volver a casa.
Volví a Buenos Aires a mediados de febrero. 21 años recién cumplidos, había descubierto el arte, la música y mi capacidad de ser libre en las rutas y llegué a una ciudad clausurada. No pasaba nada, no podía ni ir a tomar una cerveza con mis amigos, todo estaba como sedado y en cada reencuentro cada persona querida me contaba su experiencia en esa noche tan triste. Nos juntábamos en casas, entonces, o hasta en cosas más parecidas a confiterías. Hasta que de a poco algunos bares volvieron a abrir, algunas fajas se levantaron. Pero me acuerdo de ver fajas por todos lados. Yo no había tenido un vínculo muy estrecho con la actividad cultural independiente, mi núcleo cercano tampoco, pero eran pibes de mi edad o menores, era mi generación. Era el espanto.
Como todo pasa, inevitablemente es así, Cromañón pasó. Pasaron también mis tres años de Ciencia Política en la UBA con ganas de cambiar al mundo, estudios de periodismo, mis primeros laburos después de las changas cuidando pibes para ganar unos mangos (o para hacer posible mi experiencia en Europa), pasaron 10 años. Y en 10 años lo que pasa es la transformación.
En dos semanas se van a cumplir 10 años del incendio, ya estamos cerquita. Ayer, víctimas, amigos, contemporáneos de Cromañón, músicos, bailarines, poetas, fotógrafos, actores, artistas plásticos, artistas ambulantes, docentes, productores y gestores culturales nos reunimos. Éramos miles unidos frente a la Legislatura Porteña. Cantamos un mantra, se afirmó que no se pone en peligro la vida de las personas, que a través de la sanción de una ley hay un compromiso con su cumplimiento, hubo abrazos, alegría, arte. Cultura entendida como la construcción de la manera de expresarse. La cultura como la forma de libertad más noble que tenemos mientras todavía danzamos con este sistema.
Se exige como ciudadanos la sanción de la ley espacios culturales desarrollada por el sector, no por legisladores, ellos son los que creo, deberían acompañar a la sociedad en sus cambios; y una ley para los artistas ambulantes porque hacer música en la calle no es delito. Y que no se vuelva atrás con medidas que fueron positivas para los teatros independientes. Libertad, no violencia, no control desmedido, regulación para que no nos lastimemos entre nosotros, pero sin baches que permitan el abuso de poder.
Amor por lo que uno hace para una ciudad más bella, para vecinos felices. Y conciencia de nuestra historia y del duelo de nuestros muertos, los de Cromañón, los desaparecidos de la Dictadura, a los que nuestra sociedad persiguió, descuidó o calló.
Una sociedad solidaria y creativa, esa es la transformación.
Karma es mi acción de ayer, hoy. Mi acción de hoy, mi mañana
construido. Karma es aceptar mi fluir y comprometerme con la libertad del
camino personal. Karma es vivir donde vivo, el lugar físico y el lugar
espiritual, desatando la ilusión del sufrimiento y aceptando la contención del
instante eterno. Karma es conciencia en mis palabras, acciones y pensamientos.
Es construirlos con sentido. Una decisión marca el rumbo, el amor me contiene
en los tropiezos y dificultades. Karma es amor, en ausencia o en presencia.
Karma no es solemne, no es sólo intensidad y obsesión por la
liberación. La liberación ya está sellada, karma es fluir en mi camino de
desarrollo y crecimiento. Crecer también es aprender a reir, aprender a bailar,
bailar y disfrutar, cantar y jugar. Karma es la desaparición de lo bueno y de
lo malo, es el diálogo constante con la inevitable impermanencia. Karma es
dirección y silencio. Karma es sinceridad. Inocencia.
El karma es esa ley o discusión con los hechos que percibe
el cuerpo, karma es la iluminación célula por célula, sin tiempo ni ansiedad.
Es registrar patrones, reconocer la ley de la naturaleza donde todo se transforma. Karma no es ingenuidad, es madurez y compromiso, es la
manifestación clara y precisa del mundo y la vida que creo, en la que creo.
Creo que existen cosas que me lastiman, no tardarán en
aparecer. Creo que hay eventos que me enseñan, no tardaré en crecer. Quiero
aprender a amar, a ser generoso y solidario, no tardará en aparecer quien me lo
enseñe. Plantas, animales, parientes, amigos, amantes, amores. En diálogo, en
colaboración, en red, en solidaridad.
No necesito saber qué hice en vidas pasadas, si abro los
ojos todas las vidas se manifiestan en esta, y el respeto, la intuición y la empatía con los demás me
permiten comprenderlo, sanarlo, liberarlo, olvidarlo para cantar un Om en medio
del vacío. Karma es el sistema financiero del alma, no hay competencia ni
créditos, hay aciones y consecuencias, compromisos y satisfacciones. Karma no
es deseo hecho instante fugaz, karma es deseo manifestado por ser intención
sincera del alma. Karma es convivencia con la energía vital y nuestro instinto
de supervivencia, karma es nuestro destino construido por nosotros mismos.
Karma es maestro, karma es aprender a ser agradecido o vivir en la carencia,
karma es eso que nos duele y de lo que no podemos escapar. Karma es aire y
disolución en el instante honesto de la evaluación personal. Karma es amor
pidiendo espacio.
Karma es escribir esto y saber que algo cambiará. Karma es
no saber qué podrá ser. Karma es saber que sólo podrá ser amor.
Es como cuando decís una boludes atómica y te das cuenta. En medio de una conversación en la que querés sentirte parte diciendo algo inteligente, mandás alguna máxima que se te ocurre en el momento sin mucha reflexión ni compromiso con la verdad. No queda otra que digerir, aceptar y mandar por el excusado al ego maltratado por la idea de uno mismo. Las opinologías basadas en ideas construidas sin experimentación nunca llevan a ideas más elevadas, en general irrumpen en los pozos del alma para quedarse estancados hasta que un día, por algún hecho concreto basado en algún movimiento energético-luminoso se liberen y dejen de ser creencia. No sin dolor o algún tipo de sensación de tintes intensos y putrefactos.
Y otra vez no queda otra que oler la mugre mientras se limpia el corazón. Como el sexo, el placer más dulce con el diálogo de poder más delicado. Como la desnudez y la celulitis o las sonrisas y los dientes amarillos. Como el alcohol y la resaca. Como bailar, o correr un colectivo. Como vivir y el cansancio o la felicidad y el dolor físico.
Ir y venir de personas y encuentros que te tienen anclado en el centro de la calesita y todos se divierten y vos sólo girás. Nunca llegarías a la sortija si seguís pensando que el centro no se puede mover hacia otros polos, centros de otros giros, puertas a otros mundos. Parecido a estar escribiendo estas palabras sin entender demasiado de qué estás hablando. Algo como esta lluvia bíblica que habla sin que entiendas qué está pasando, porque sonó el despertador y la vida en la ciudad sigue. Como los árboles al lado de los edificios y las bicicletas entre los colectivos. Como las ganas y la ansiedad, o la solidaridad y la impaciencia.
Como los polos, como aries y libra, como la luna y el sol.
Escuchate, escuchame, escuchémonos.
Esa noche no dormí lo suficiente y amanecí con una tormenta que regó las plantas del patio para cuatro días. Era domingo y me cuesta salir de esa idea heredada de que el domingo se hizo para descansar. No sé si serán los antepasados chupacirios o la sola fiaca de mi contextura kapha. Costó arrancar, pero algo en mí sabía que era un día importante en la militancia por un mundo más bello, por la libertad y para apoyar a un grupo de personas que desde los centros culturales porteños están trabajando fuerte para que la expresión encuentre, mueva y transforme.
Así que arranqué, de Palermo a Villa del Parque a encontrarme con Cele, de Villa del Parque a pata hasta el Parque Avellaneda. Más de hora y media en total. Me sentía una mártir en pleno sacrificio, conocía a casi ninguna banda de las que iban a tocar y no tenía ni idea a qué tipo de espectáculo estaba yendo.
Nunca había ido a ese parque tan al borde de la ciudad, mi amiga me decía que era muy hermoso y mientras caminábamos hacia allá la sensación para mi mente era la de estar de viaje. La Celia me contaba de la gestión de los vecinos de la zona, donde ella creció, para proteger el parque, la casona cultural que lo mantiene vivo y la toma de decisiones en conjunto. La puesta de límites al gobierno para que no destruya lo que no le importa. Todo tenía sentido.
Eran las 18 y todo había arrancado a las 16, pero en cuanto llegamos a pisar el césped recién cortado y un poco húmedo por la lluvia que ya se había declarado en retirada, una bocanada de alegría me llenó de aire. Feria sustentable, comida saludabe, un escenario que prometía música inesperada, una manta en el pasto, mate y las caras amigas y amigables de arriba y abajo de los escenarios. Era el festival de cierre del FCA -Festival de Cultura Autogestionada- que durante una semana regó de creatividad artística a más de 50 espacios de la ciudad y que cerraba con la prueba piloto de una tarde y noche a dos escenarios a lo grande, a la manera que lo hacen las marcas de cervezas, gaseosas o telefonía y te cobran por la publicidad. La semana se financió con el apoyo y trabajo de muchos, con un aporte de productos de Isenbeck, un pequeño mecenazgo del gobierno de la ciudad y las galeras naranja flúo que circulaban entre la gente para pedir una colaboración.
Declaran en su web: "Nos proponemos a través de FCA promover el crecimiento del circuito cultural auto-gestionado, compartir recursos, fortalecer las redes de trabajo y dar visibilidad a este modelo colectivo de producción que integra espacios, artistas, gestores culturales y público."
El lema de la semana tuvo que ver con hacer zoom al circuito independiente de Buenos Aires. Más de 200 productores y artistas estuvieron involucrados en esa semana, la del 21 al 28 de septiembre. Teatro, danza, pintura, fotografía, performances, poesía y lecturas, alegría festiva apta para todo público, de eso se trató la semana y el resumen del domingo 28 estalló en un festivalazo que, en mi modesta opinión, fue histórico.
Puedo decir que disfruté como hace mucho no disfrutada de un sonido impecable -porque el sonido realmente fue impecable- para bandas que me movieron el cuerpo y el lugar. Morbo y Mambo -por favor, si pueden no se los pierdan en vivo- y Violentango estallaron el escenario principal que cerró con El mató a un policía motorizado. Antes pasaron Cumbia Hasta El Lunes, Ensamble Chancho a cuerda y más, casi sin pisarse con la carpa de la Musicleta, el escenario encargado de mostrar que el cambio energético es posible: funcionó toda la tardenoche mientas tocaban Como diamantes telepáticos o Camarones del aljibe, por ejemplo, gracias al pedaleo de una bicicleta doble fija unida a un generador. El público voluntario se sumó a la movida y la potencia no tuvo nada que envidiarle a la energía eléctrica.
Fue adrenalina, fue sentirme joven, de un escenario a otro, descubriendo bandas y artistas, ir a hacer notas y hablar con los protagonistas, con la sensación de ser testigo y parte de una movida que marcó un precedente. No sé, yo ya palpito el FCA 2015.
Algo nuevo se está gestando o lo que se materializó en los últimos años ya está en nuestras narices. la gestión cultural y la expresión artística le sueltan la mano a papá estado y abuelo negocio y se unen los protagonistas para trabajar en equipo, eso sí es libertad. Por una cultura autogestionada, libre y en red, por una sociedad que se escucha, se mira y dialoga. Por el FCA, Por el amor. Salú!
hace tiempo un compañero yogui, en medio de una de esas crisis existenciales que atravieso de las que le quitan el sentido a todo, me hizo preguntarme una y otra vez qué era la mente. me descolocó y fue la salida de un túnel oscuro que tenía a mis pensamientos como paredes infinitas.
la práctica espiritual sostenida, en mi caso el yoga y la meditación, las experiencias trascendentales que el aislamiento y la observación de uno mismo provocan, los saltos de conciencia, la sensación de dios, de amor, de luz en el corazón, más íntima que la de sentarse en el inodoro, genera además de un alivio, un estado de orgullo personal. o a mí me lo generó. el saber que fui capaz de atravesar algunas capas de mi inconsciente, de decidirme a navegar los pantanos de mis desesperaciones y la luz que eso trajo a mis ojos, me construyó un carro al que me subí. un carro como el del tarot, con su fuerza y sus dos caras.
comenzar a compartir mi práctica, la situación de ser fuente de consulta, de que algunas personas me pidan que los observe, y al observarlos transformarme con ellos. al conocer sus dolores, reconocer los mios, me dio una cierta certeza un poco egocéntrica desde la cual empecé al ver al mundo. y suena la sirena de descalificado.
de india me fui peleada con quien fue el mayor maestro que alguna vez haya tenido, porque me habló mal, me gritó, porque lo sentí agresivo conmigo, porque me enojaba que alguien pudiera enseñarme algo sin tomar algo de mi. como si existiera la posibilidad de que el pudiera mostrarme un camino sin conocer el mio. me enojé, me dolió huí de él, no quería exponerme ante el ogro incapaz de reconocerme. acusé a su ego desde el mio y perjuré que jamás volvería a aprender desde la agresión, desde el maltrato.
casi dos años después, vuelven a mí sus palabras y sus enseñanzas como si hubiese encontrado un poso de petróleo. volví a compartir en las clases la simpleza de lo que me enseñó. vuelvo a agradecer profundamente la oportunidad que me dio de estar cerca suyo y de llegar a conocer hasta sus más oscuras reacciones.
el ego, igual, el ego, la mente identificada con las maravillas de la vida se cree que le son propias, el maestro que se cree dueño de una verdad que lo atraviesa, el miedo de soltar las certezas, de aceptar la impermanencia de la verdad y volver a nacer cada día.
decía, dos años después, y unos meses más tarde de la pregunta de la mente, me sugirieron que me pregunte qué es para mí el amor. el amor todo, y otra vez me di cuenta que estaba en un túnel. el túnel del silencio del encierro en mí misma, el túnel de la dificultad de salir, de renacer después de la transformación y la muerte que significaron los últimos años en mi vida. el túnel hecho de las ideas de las cosas, el amor guardado en un frasco con una etiqueta que dice perfecto y que no puedo usar. la idea del amor experimentada en solitario para que mis padres me aplaudan, los de esta vida y los del cielo. el aplauso, la necesidad de la aprobación de la mano del rechazo a gestos de afecto genuinos.
otra crisis existencial nace desde el profundo cuestionamiento de qué es el amor. y me digo que sentir amor y agradecimiento por la vida que hoy me toca no puede ser dolor para otra persona, ni tampoco intransigencia. que el amor por otra persona no puede ser un castigo para mi alma, que sentir amor por la tierra y la naturaleza es ser parte de ella, que no quiero hacer más que seguir aprendiendo de los que me rodean, de sus palabras, de sus gestos, aunque a veces me duelan, aunque me muestren sus imperfecciones y yo a ellos las mías. el dolor de los diálogos verdaderos, del aprender de los encuentros que me tiran abajo ideas que ya no hace falta sostener. eso también debería ser amor si tengo fe. un gracias en voz bajita en diálogo íntimo con la vida. amor de todos por todos y todo, en igualdad y sin juicios, hasta que se disuelvan las ideas, hasta que no haya duda de que el amor conquistó el sentido de toda la vida y volvamos a nacer.
porque para ilusionarme con la idea de estar tranquila me quedo en el túnel, y para quedarme en el túnel ya no me hago más preguntas.